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En Proceso

Museo Emilio Caraffa, Córdoba

Exposición retrospectiva

Fernando O’Connor - Pinturas 1992-2017

"Reconozco tu sombra inmortal, en las flores que la voluptuosidad siembra a tu paso".
Julien Offroy de La Mettrie

La exposición de pinturas de Fernando O’Connor plantea un recorrido por su obra pictórica que abarca más de dos décadas de trabajo, una selección que va desde 1992 a 2017. Dicha información es válida en relación a un orden temporal que insinúa la continuidad de la obra en diversas situaciones, propiciando a la mirada un espectro contundente de material.

Sin embargo, siguiendo su propuesta, En proceso, me interesa desarrollar otra forma de entender el tiempo en la pintura, para eso sugiero un razonamiento de Giorgio Agamben acerca de la de la historia y el tiempo. Dice Agamben, la tarea original de una auténtica revolución ya no es simplemente “cambiar el mundo”, sino también y sobre todo “cambiar el tiempo”. El tiempo que hay que modificar, ese derrotero naturalizado por la cultura occidental, es el tiempo lineal. Los griegos desarrollaron una teoría celeste de los ciclos, una correspondencia entre el macro-mundo de las esferas y el micro-mundo de los hombres. Los hindúes creen en un tiempo estacionario que se adecua al ritmo de las cosechas y de la tierra. Los romanos conjugaban una sabia preferencia por el presente, apreciando lo efímero de los instantes que se escapan, y así muchas versiones ejemplares podrían sumarse a la lista. Nosotros, las sociedades modernas anudamos el tiempo a la historia de los acontecimientos, argumentando un itinerario de causas y efectos que evolucionan en un orden progresivo y cronológico. La historia del arte no es ajena a las estructuras lineales y teleológicas del tiempo occidental, por el contrario, se constituye en su seno. Hemos aprendido que un período histórico propicia la siguiente época y la última accede al podio eficaz de la historia porque superó los errores o planteos de los artistas precedentes. Estas formas lógicas, de una narrativa histórica, afectan directamente cada desarrollo personal, cada suceso artístico que se produce.

La idea revolucionaria, aquella que insinúa Agamben, podría traducirse a una disposición frente a la historia del arte como proceso inacabado, como posibilidad abierta a la invención de lenguajes. En este sentido, O’Connor nos muestra un importante período de su obra pero nos advierte el carácter movedizo y sensible de su temporalidad, en proceso.

Las obras se disponen como un conjunto de variaciones evocativas en las que el pintor logra habitar el tiempo; no conducirlo u organizarlo, sino habitarlo como morada de la imagen. Así, el pintor, O’Connor, nos hace notar que, en el mismo instante en que nos devela su mundo pictórico aparece frente a nosotros, como destellos de visiones ocultas, la más remota y secreta de sus alucinaciones ópticas, el gesto íntimo de sus manos, la enredadera floreciente de sus pensamientos. Al modular el tiempo como una inacabada materia, potencia de todas las formas el pintor, desnuda frente a nosotros el reino de sus aspiraciones pasionales. Pintar es un efecto, no de las causas programáticas de la realidad, sino de la pasión desbordante. El cuerpo no alcanza para albergar toda la mirada, entonces, el pintor nunca acaba de pintar; no sólo en el transcurso de su propia vida, sino de todo lo pintado. Pasado y futuro se encuentran en cada nueva y emancipadora acción pictórica.

El pintor y su pintura se recrean mutuamente, en una hermosa entrevista a Balthus dice, la pintura es una encarnación. Le da cuerpo y vida a la visión que lo inspira. En sus obras O’Connor insiste sobre el misterio exuberante de la carne, el horizonte despejado de la mirada, la geografía poderosa del retrato y la potencia magnifica del espacio. Pinta como sí quisiera arrancar a los cuerpos vivientes un secreto. Pinta y afirma su persistente fascinación por el hombre. Ese magnetismo desbordante que Antonin Artaud, a falta de otro calificativo, llamó fuerza vital. Esa misma fuerza que nos permite pintar y continuar superponiendo al prolifero mundo de la materia, una huella de nuestra pasión, nuestras flores o pinturas, esas sombras voluptuosas que nos sobreviven.

Mariana Robles

Area de investigación - Museo Emilio Caraffa